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Uno de los siete Principios Universales es la Ley de Género. Su verdad básica es: el género está en todo; todo tiene sus principios masculino y femenino; el género se manifiesta en todos los planos, de manera que las energías masculina y femenina siempre están presentes y operando en todos los ámbitos. También nos revela esta ley que todo cuanto existe, además de pertenecer por nacimiento al género masculino o femenino, tiene dentro de sí la energía correspondiente al género opuesto. El símbolo del yin y el yang es una buena imagen para comprender y recordar este principio.
Las mujeres y los hombres también llevamos en nuestro interior cualidades receptivas (término más adecuado que femeninas) y atributos activos (expresión más específica que masculino). Esta polaridad corresponde a los aspectos biológicos, psicológicos, emocionales, espirituales..., porque todas las personas contamos en nuestra herencia genética con una mitad de cromosomas recibida de nuestra madre (femenina/receptiva) y otra mitad recibida de nuestro padre (masculina/activa). De manera que cada un@, independientemente de su sexo biológico y de sus gustos o tendencias sexuales, tenemos una parte de mujer y otra de hombre, necesarias ambas para nuestro desarrollo y desenvolvimiento en la vida.
El lado femenino/receptivo, tanto en la mujer como en el hombre, está unido con la experiencia del sí mism@ natural. Estar en contacto con el sí mism@ natural es estar aposentad@ en el propio centro, en conexión con el núcleo esencial de nuestro ser, sintiéndonos colmad@s y en equilibrio, ni por debajo ni por encima de nadie. Experimentarlo y sentirlo vivamente es un signo de que somos conscientes de nuestra propia identidad, algo que nos permitirá reconocer y valorar nuestra importancia y nuestra dignidad esenciales. En lo femenino y receptivo también está la semilla del movimiento y del cambio continuo, porque es una energía que contiene cuatro aspectos imprescindibles para la Vida: formación, preservación, alimentación y transformación.

El lado masculino/activo, tanto en el hombre como en la mujer, es afín a la acción, la iniciativa, la conquista, la búsqueda, el poder, la independencia, la libertad... Es la parte de nosotr@s mism@s que nos impulsa a salir de nuestro centro esencial para hacer cosas en el mundo y relacionarnos con él, una vez hemos identificado y asumido quién somos, qué y cómo podemos, necesitamos y queremos hacer con nuestros recursos y posibilidades. Es también una energía de renovación y de construcción de nuevos caminos, una vez han quedado obsoletos e inservibles los existentes.
Si reflexionamos un momento sobre las características de ambos tipos de energía y analizamos nuestros actos en relación con ellas, fácilmente reconoceremos su presencia en tod@s nosotr@s y nos daremos cuenta de que en mayor o menor medida y dependiendo de las situaciones y de las personas con las que nos relacionamos, tod@s las expresamos de alguna manera, con mayor o con menor consciencia.
Es imprescindible, para la propia salud y para la salud de nuestras relaciones, que nuestra pareja interior: nuestros lados receptivo y activo estén armonizados y en equilibrio. De lo contrario, proyectaremos en otras personas la energía no reconocida ni utilizada, con los consiguientes problemas que esto lleva consigo. Una buena parte de los conflictos y dificultades en las relaciones de cualquier tipo, entre mujeres, hombres, mujeres y hombres, tienen su base precisamente en la polarización de una de las energías, casi siempre la correspondiente al sexo biológico, en detrimento e incluso rechazo y desprecio de la otra: la propia del sexo opuesto.
Hasta ahora tod@s por igual hemos vivido y padecido ese enfrentamiento. Para resolverlo y trascender la polaridad, debemos ser conscientes de todos nuestros rasgos y capacidades: activos y receptivos, un paso imprescindible para emplearlos y desarrollarlos, logrando así ser más íntegr@s y equilibrad@s, gracias a lo cual viviremos y nos relacionaremos de una manera más armónica y plena.
Copyright © 2009 Mª Dolores Sánchez-