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La Cabalá es una tradición viva de conocimiento, un camino de evolución personal y crecimiento espiritual que, aunque procedente del judaísmo, es un sistema universalmente válido para todas las personas interesadas en desarrollarse interiormente y aumentar su conciencia espiritual. La mayor ventaja y la mejor cualidad que para mí tiene este sistema es que nos ofrece, a través de su símbolo fundamental: el Árbol de la Vida, una síntesis de cuatro saberes fundamentales: Tarot, Astrología, Alquimia y Cabalá misma.
La sabiduría original sobre Dios, el Ser Humano, el Universo y la relación e influencia entre los tres, ha tenido distintas formulaciones a lo largo de los siglos y las culturas. Todas ellas incluyen tanto conocimientos, teorías y especulaciones sobre esas realidades, como técnicas, herramientas y métodos para aplicar el saber teórico al desarrollo y la transformación internos, con el fin de llevar al ser humano a su plena y máxima realización como ser espiritual y cósmico, realizando así la obra alquímica de transformar el plomo de la materia en el oro del espíritu y contribuyendo, hasta donde podamos, a la transformación y el crecimiento del Universo en su conjunto. Una máxima del saber cabalístico es que no recibimos sólo para nosotr@s mism@s, sino que recibimos para dar y compartir con nuestros semejantes todo lo bueno de la vida. En hebreo, la raíz de la palabra Cabalá significa recibir. ¿Qué es lo que recibimos? Precisamente la luz del espíritu.

conocimiento esotérico transmitido por el judaísmo no adopta el nombre público de Cábala hasta el siglo XII y en la Europa medieval, aunque es evidente la continuidad que hay entre todas las formulaciones históricas adoptadas por el misticismo judío. De todas las tradiciones esotéricas existen siempre dos historias: una académica y otra alegórica o mítica, es decir, un conjunto de tradiciones internas que, aunque no son rigurosamente demostrables, al menos son posibles y lógicas en sus planteamientos. La Cabalá está integrada en el tronco general de la espiritualidad humana, en una época tan temprana como el período anterior a Abraham y al judaísmo propiamente dicho. Posiblemente Abraham, un sabio caldeo según el Génesis, fue el depositario de una sabiduría anterior al diluvio universal o, al menos, anterior al episodio bíblico de la Torre de Babel, del que fue contemporáneo, según la cronología estrictamente rabínica.
La tradición señala a Abraham como el autor del Séfer Yetsirá: El Libro de la Creación, o por lo menos de su metodología y principios básicos. En esta obra, el primer tratado cabalístico conocido, están ya presentes los elementos fundamentales de lo que después va a ser la tradición cabalística: los setenta y dos nombres de Dios, la diez esferas o sefirot, las veintidós letras hebreas y su proyección creativa, los Arcángeles y los Ángeles, las técnicas de meditación y de oración e incluso las prácticas mágicas, posibles para toda aquella persona que ha logrado un grado de unión tal con el Intelecto Divino, que es capaz de materializar con su elevada conciencia hechos a los que llamamos milagros quienes todavía no hemos alcanzado semejante altura espiritual.
En su largo recorrido histórico, la Cabalá ha ido asimilando y adaptando de manera constructiva contenidos fundamentales de otras culturas y pueblos, incorporando elementos de Egipto, Babilonia y el antiguo Oriente Medio. También ha introducido contenidos de la gnosis y la filosofía griega, sobre todo del neoplatonismo, así como más recientemente, de la psicología junguiana y transpersonal. Por esta capacidad de evolución y de adaptación, la Cabalá se ha convertido en un camino de conexión con y de adhesión a la Fuente Divina de la realidad universal, abierto y válido para tod@s. Así fue reconocido por los pensadores herméticos y cristianos que, sobre todo desde el Renacimiento, celebrando una especie de reencuentro místico, la adoptaron como su tronco espiritual, aunque modificaron su lenguaje para adaptarlo a sus creencias concretas. Como consecuencia de todo ello, la Cabalá no sólo está en la base de las tres religiones monoteístas de Occidente: judía, cristiana y musulmana, sino que constituye también el fundamento de la tradición esotérica occidental de los misterios, con sus componentes mágicos, místicos y herméticos.
Estudiar, practicar y expandir la Cabalá aquí y ahora proporciona claves y respuestas a nuestros planteamientos y necesidades de hoy, constituyendo un camino para la evolución personal y espiritual, profundamente enraizado y fácilmente extensible a todas las dimensiones de la realidad. Este sistema de autoconocimiento y desarrollo no rechaza nada y ubica a cada cosa en su lugar, considerando que todo es sagrado, siempre y cuando parta de un corazón puro y se use sólo para el bien común, nunca con fines egoístas ni de dominación de un@s sobre otr@s.
El símbolo fundamental de la Cabalá es el Árbol de la Vida: un mapa de la conciencia y de la energía, un jeroglífico que representa al ser manifestado de Dios Madre y Padre, al Universo y al Ser Humano. Fue a partir del siglo XII cuando todo el cuerpo de conocimiento delineado en el Séfer Yetsirá, se reestructuró de una manera nueva, que quedó sintetizada y simbolizada en lo que hoy conocemos como Árbol de la Vida, por referencia directa al Jardín del Edén. El árbol es también habitualmente utilizado en muchas culturas como metáfora del origen, desarrollo y evolución de la vida, humana y de otras especies.

Como podemos apreciar en este dibujo, el Árbol Cabalístico está compuesto por treinta y dos elementos, que reciben el nombre genérico de Senderos, porque son caminos a través de los cuales el Infinito se manifiesta en un Cosmos evolutivo, que posteriormente y en sus seres conscientes, retorna a Él. También vemos en este símbolo dos tipos de elementos: diez esferas y veintidós canales, que conectan unas esferas con otras. Una esfera más, dibujada con una línea de puntos, está implícita y representa la síntesis de todas las demás.
Al igual que ocurre con el Arcano del Tarot El Colgado, el Árbol de la Vida tiene las raíces bien hundidas y aposentadas en lo Superior, quedando el tronco y la copa hacia el mundo inferior, representando cómo desde el Ser Vacío e Inmanifestado, la Esencia Divina: una e infinita, deviene por emanación, creación, formación y acción todo el cosmos manifestado que, para nuestra percepción, se presenta como múltiple, finito, lleno de cosas y de seres.
Este proceso de manifestación no es ajeno al propio ser de Dios Madre y Padre, no sucede como algo exterior a Él/Ella, sino que involucra de distintas formas su propia vida interna, ue constituye los arquetipos básicos o las formas de manifestación de lo divino: las diez esferas en su aspecto más exaltado, que se convierten en núcleos o modelos de todos los desarrollos posteriores. Conformándose a Sí Mismo, Dios crea y da forma a todo lo que existe: el Cosmos y el Ser Humano, por lo que decimos que el Árbol de la Vida es un símbolo omniabarcante.
Las esferas son los diez números primordiales, los diez arquetipos de la Mente Divina. Los veintidós canales están representados en general por las veintidós letras hebreas, como expresión de la potencia creadora divina y de la relación de las esferas entre sí. Se llaman canales porque a través de ellos se vierte la influencia de las esferas y se los llama también senderos porque en el trabajo cabalístico práctico, la conciencia se mueve por ellos: ascendiendo o descendiendo, para acceder a una u otra esfera. Cada letra está relacionada con un principio espiritual, una esfera, un planeta, un elemento alquímico, un signo astrológico, un Arcano Mayor del Tarot y un chacra.
En sentido involutivo, una primera aproximación abstracta de estos diez arquetipos básicos del Espíritu o emanación de la Mente Divina es la siguiente: 1. Unidad que todo lo abarca y contiene – 2. Sabiduría sin forma o Conciencia pura -
En el plano humano, y recorriendo el Árbol en sentido evolutivo, de abajo arriba, tenemos los siguientes conceptos clave:
Maljút: Reino: Décima esfera: Cuerpo, sentidos, cerebro, lo físico, lo material, lo concreto, la conciencia externa objetiva.
Yesod: Fundamento: Novena esfera: Instinto, imaginación creativa, lo onírico, lo astral, la conciencia subjetiva, el ego como: a) filtro entre la conciencia y la subconciencia, b) centro de referencia de las representaciones conscientes. Yo mental. Lo que me creo que soy.
Hod: Gloria: Octava esfera: Pensamiento, intelecto, lógica, razón, comunicación, voluntad, lo social, forma, conceptos.
Nétsaj: Victoria: Séptima esfera: Sentimiento, emociones, pasión, fuerzas de la naturaleza, comunión, éxtasis.
Tiféret: Belleza: Sexta esfera: Equilibrio, armonía, integración, centro, el sí mismo, el yo auténtico, existencial, centáurico: integración físico-
Guevurá: Fuerza: Quinta esfera: El poder personal, las pruebas, el deseo profundo, la libido: energía psíquica, juicio, discriminación, limitación, disciplina, autodominio, control, precisión, batalla.
Jésed: Misericordia: Cuarta esfera: Expansión, construcción, amor, bondad, capacidad de dar, la grandeza del propio camino, el perdón: superación y limpieza de todos los karmas, el placer, la satisfacción, la plenitud y la alegría de vivir.
Biná: Entendimiento: Tercera esfera: Conexión con el Yo Superior: Espiritual, Sutil: Daát, la esfera invisible, Causal. Nuestra tarea o destino personal: tikún. Nuestra percepción de la Ley Cósmica. La liberación final: reintegración en el Uno y en el Todo, como una gota de agua en el océano de la existencia, con una conciencia personal/transpersonal.
Jojmá: Sabiduría: Segunda esfera: Conciencia pura inherente a todos los estados de la mente y, por tanto, del ser. Espejo de la Mente Divina, en el que Dios se conoce a Sí Mismo: una omnisciencia u omniconciencia luminosa y transparente en el que todas las cosas están implicadas, en su raíz, participando como ideas vivientes de la propia esencia divina, en un estado atemporal de plenitud y éxtasis. La Vida verdadera. La fuente de toda revelación e inspiración.
Kéter: Corona: Primera esfera: Estado último de conciencia. Unidad absoluta: el Uno y el Único. El Ser de los Seres y, al mismo tiempo, el No Ser más allá del Ser: No Ser infinito, luminoso y radiante. No Ser afirmativo, carente de límites y condiciones. Identidad entre el Ser y la Nada, la Forma y el Vacío. Sí mismo absoluto, el Centro de todos los centros. Calma y beatitud completas.
© María D. Sánchez-