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Educar personas siempre ha sido un reto para los padres y l@s profesionales de la educación, pero tal vez, en épocas anteriores y no muy lejanas las cosas estaban más claras a este respecto y había unas pautas a seguir más o menos compartidas por la mayoría que hacían un poco más sencilla esta labor, aunque muchas de ellas no fueran del todo adecuadas ni correctas. Había un cierto consenso respecto a lo que funcionaba y a lo que no, encontrándose l@s niñ@s, adolescentes y jóvenes con unas normas muy semejantes en casi todos los ámbitos en que se movían: familia, escuela, amistades, etc. Bien es cierto que se tenían muy poco en cuenta sus derechos y sus opiniones, así como si las pautas educativas eran apropiadas o no para quienes las recibían en distintas situaciones y épocas de su vida o en distintos momentos de su evolución Se aplicaban porque se habían aprendido y prácticamente no se cuestionaban ni cambiaban.
Actualmente, en cambio, cuestionamos y pretendemos modificar casi todo, además de considerar y procurar respetar los muchos derechos que tienen l@s niñ@s y adolescentes, pasando muy a menudo por alto que también tienen obligaciones y responsabilidades. Nos hemos situado por tanto en el polo opuesto, en vez de trabajar para integrar la responsabilidad y la libertad, aspectos perfectamente compatibles y que producen un mayor desarrollo y crecimiento que la ausencia de límites y de normas, imprescindibles para la salud propia y de las relaciones en las que nos movemos.
Educar personas libres, democráticas, solidarias, plurales, realizadas y felices no es dejar que nuestr@s menores hagan lo que quieran, cuando quieran y donde quieran para que no sufran traumas ni frustraciones, es enseñarles a comportarse adecuadamente, respetándose y respetando a l@s demás, iguales en importancia y en dignidad humana, para que puedan convertirse en las personas que no sólo son por nacimiento, sino que también deben llegar a ser por aprendizaje, cambio y evolución.
L@s niñ@s, adolescentes y jóvenes son un espejo en el que nos reflejamos l@s adult@s que estamos con ell@s y nos encargamos de su formación. Y al igual que un espejo muestra fielmente lo que está ante él, ell@s absorben y aprenden a través de su experiencia cotidiana lo que nosotr@s les transmitimos y les mostramos con nuestros actos y nuestras actitudes, tanto lo que queremos realmente enseñarles como lo que no, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Por lo tanto, somos l@s adult@s quienes en primer lugar debemos trabajar en los aspectos de nuestra persona que lo necesiten, para poder enseñar adecuadamente a nuestr@s hij@s o alumn@s a convertirse en personas autónomas, responsables, respetuosas, flexibles, íntegras y felices sin perder por ello libertad. Realmente dejamos de ser libres y nos convertimos en esclav@s cuando nos empeñamos en hacer únicamente lo que nos viene en gana, sin tener en cuenta las consecuencias ni los perjuicios que podamos causar a l@s demás.
Educar para la convivencia, la paz, la libertad y la responsabilidad es un proceso que tiene como base tres pilares imprescindibles y mutuamente relacionados:
1. Aceptación positiva, respeto y afecto incondicional de la persona en cuanto tal, con independencia de su conducta, de su actitud, de sus ideas, de su físico...
2. Atención continuada de sus necesidades: físicas, mentales, emocionales, de relación y espirituales, no de sus caprichos
3. Enseñanza de los límites, de las normas y de la disciplina

Todas las personas que familiar y/o profesionalmente nos relacionamos con menores y jóvenes estamos implicadas en ese proceso, cada una de acuerdo con nuestro papel y grado de responsabilidad, siendo esencial que estemos en sintonía, que encontremos y apliquemos una línea común aunque los vínculos sean diferentes, para que se sientan segur@s y sepan a qué atenerse, lo que facilitará y promoverá un mejor aprendizaje que unas normas dispares e incluso contradictorias en unos lugares y otros. Eludir esa responsabilidad y no ejercer la autoridad que nos corresponde, permitiendo que niñ@s y adolescentes vivan a su libre voluntad y sin ley alguna, es un gravísimo error de imprevisibles consecuencias que ell@s mism@s serían l@s primer@s en padecer. La permisividad y la ausencia de límites son perjudiciales en sí mismas porque promueven, entre otras cosas: el descontrol, la rebeldía extrema, la carencia de sentimientos de responsabilidad por los propios actos y la falsa idea de que las posibilidades y los derechos propios son infinitos y absolutos. Todo esto forja una autoestima insana y condicionada a la satisfacción continua de las propias apetencias, algo que es imposible para cualquiera y que es necesario aprender desde muy temprana edad, provocando cuando no se consigue tal propósito: falta de motivación, disminución del rendimiento escolar, agresividad, hostilidad e incluso destrucción para obtener lo que se desea de cualquier manera y sin trabajo ni esfuerzo alguno.
Entre lo que podemos hacer quienes nos dedicamos a la maravillosa y compleja tarea de educar para enseñar a l@s niñ@s, adolescentes y jóvenes a ser verdaderas personas están las siguientes sugerencias:
1. Erradicar la idea de que el mal comportamiento y los actos inadecuados son un defecto o una anormalidad imposibles de cambiar. Dar por supuestas la bondad intrínseca del ser humano y su capacidad para aprender.
2. Ser optimista, esperar logros positivos y realistas de las personas a quienes educamos, confiando plenamente en que los conseguirán.
3. Estar presentes y disponibles para escuchar, dejando a un lado las propias ideas, opiniones, modos de hacer, gustos, etc., así como para reconocer que no lo sabemos todo y debemos seguir aprendiendo.
4. Practicar la autenticidad y la coherencia de pensamiento, sentimiento, palabra y obra.
5. Practicar la flexibilidad, la apertura, la comprensión y el respeto por las diferencias.
6. Practicar la empatía: capacidad para ponerse en el lugar de la otra persona y tratar de percibir las cosas como ella las percibe, sin perder el propio lugar ni la propia percepción.
7. Practicar la paciencia, la benevolencia, el rigor, la disciplina, el aliento, el ánimo, la confirmación y cuando sea necesario: corregir y sancionar proporcionalmente a la falta cometida.
8. Enseñar, acompañar y guiar sin imponer ni adoctrinar, observando atentamente las posibilidades y capacidades de cada cual, para adaptar la enseñanza a la persona y no a la inversa.
9. Estimular la mejora y la superación constantes, sin presionar ni avasallar y a la vez sin caer en la dejadez ni el conformismo, que suelen llevar al estancamiento e incluso a la pérdida de lo aprendido por falta de uso.
10. Motivar intrínsecamente: enseñar a prestar atención y centrarse en el trabajo bien hecho, en el aprendizaje, la maduración y la satisfacción que proporciona, en vez de estar pendiente sólo de los resultados. Éstos no son seguros, todo lo anterior sí lo es y nunca se pierde.
11. Aprender a decir sí, no y lo pensaré, según sea lo adecuado en cada situación.
12. Enseñar a pensar, explorar, investigar y hacer cosas en soledad, sin dejar por ello de ofrecer apoyo y ayuda cuando hagan falta.
En un artículo próximo continuaré desarrollando este tema. Mientras tanto, os invito a observaros y a observar a quienes, por un motivo u otro, estéis educando, con la intención de ser conscientes de vuestra influencia en esas personas y de su forma de responder a ella, tanto en los aspectos positivos y que se estén desarrollando adecuadamente, como en los que necesiten alguna mejora o cambio. Un abrazo y que el amor y la paz guíen vuestro camino.
Copyright © 2010 Mª Dolores Sánchez-